Felicidad sardónica

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Por @ferzepol 

Pasea por su cuerpo harta de ponerle nombre a su ansiedad, incapaz de saber si aún resulta admirable para alguien más. Lo busca y se pierde con él en un carnaval de palabras dispuestas a perder la ropa cuando coinciden, al igual que ellos.

Se antojan a la distancia con la complicidad que les permite la terquedad de un querer tosco, no necesitan pretextos para tenerse cerca ni justificar el placer de dejar las ganas en otro cuerpo. Un encuentro pactado en medio de retos, insinuaciones e insultos;  una cita para adictos a orgasmos inconscientes.

Ella lo espera con nueva ropa y las mismas inquietudes, tensa bajo el propio peso de su cuerpo mientras intenta ocultar el movimiento casi imperceptible de su cadera, ese que siempre la delata. Él, un animal jadeante antes de una cruza y ella joven, puta y talentosa abre las piernas a cualquier cosa sin abrir el corazón.

Quedan fuera los orgasmos privados que enmudecían las sábanas cuando eran dos, ahora son el contacto contínuo que no distingue el lugar que manosea, muerde, penetra, y hace de la piel una sola superficie de placer sin protección o pudores. Se agitan para conseguir el aire que les falta y finalmente caen agotados hasta el desmayo.

A media conciencia ella recuerda cuando podía moverse con la ropa puesta y el corazón desnudo, sabe que le hace falta otra voz en la punta de sus dedos, una que se prometa para ella y sea más que un vicio dibujado en el cuerpo. Ella quiere una historia de esas que no caben en la vida donde el sexo es más que pornografía.

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Acerca del Autor

La dueña del circo, la misma de tus fantasías.

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